El Asesinato de John Hron
(También disponible en Real Video)
Antes de que acaben las vacaciones, John y un amigo han decidido ir de acampada a un lago a 8 kilómetros de su casa. El lago es un sitio que suelen frecuentar los jóvenes de los alrededores. La madre de John les lleva en coche al lago, y como todas las madres está un poco preocupada. Los chicos opinan que exagera. Es la opinión que tienen todos los jóvenes sobre las preocupaciones de sus madres. Salen del coche y se van por el estrecho camino que lleva hasta el rocoso cabo que hay en la orilla sur del lago.
Es el lugar en el que van a acampar.
Son entre las ocho y las nueve de la noche. Los chicos plantan la tienda y encienden un fuego cerca de la orilla. Van a preparar unas salchichas.
Nadie sabe que es la última
noche de la vida de John. Están allí sentados, charlando,
divirtiéndose. ¿De qué hablan? ¿Del verano?
¿De música? ¿De canoas? ¿De chicas? ¿De
motos? ¿Del curso que va a comenzar?
Cuatro jóvenes, dos de dieciocho
años, uno de diecisiete y uno de quince, skinheads,
llegan un poco más tarde al
lago, a otro cabo.
Se sientan y empiezan a beber - llevan buenas provisiones de cerveza y licores. Gritan a John y a su compañero, pero ellos no responden, así que deciden averiguar quiénes son los que están donde el fuego. (Quizás a fin de cuentas ésta sea una noche divertida. Quizás han encontrado alguien con quien meterse).
Mandan al chico de quince años para que eche un vistazo. Se alegra de lo que ve: uno de los chicos del fuego es John Hron, uno que le cae mal. El curso pasado se ha dedicado a meterse con él y pegarle, incluso le ha amenazado con matarle. En el colegio han apodado "Rambo" a este chico.
Nadie podría decir por qué va a por John. Quizás porque no se ha portado sumisamente con él, como otros compañeros del colegio. John es alto (1,80 m) y fuerte (pesa 70 kilos), pero Rambo goza ahora de una poderosa ventaja - sus tres amigos.
El chico de quince años vuelve con sus compañeros y les dice que ha visto junto al fuego a un imbécil y al idiota de Hron. Quiere que vayan con él a pegarle a John, incluso llega a sugerir que deberían matarle.
Los otros quieren beber un poco más, pero entre las diez y media y las once deciden ir a donde está acampado John.
La paliza empieza inmediatamente. Uno de los chicos de dieciocho años le tira a John una botella a la cabeza, y empieza a golpearle y patearle. John cae al suelo.
Le dicen que diga que le gustan los nazis. Se niega, y le siguen golpeando hasta que hace lo que le dicen. Después recibe más golpes, quizás porque obviamente estaba mintiendo.
El chico de quince años se acerca y le da a John unas cuantas patadas muy fuertes, una de ellas en la parte de atrás de la cabeza. En este punto John está dominado por el pánico. Al menos tres chicos de la banda le atacan, con frecuencia sin avisar, a veces por la espalda. Según uno de los atacantes, sus ojos están abiertos de par en par, y no puede centrar la visión.
Sus ojos van de un lado para otro. Tiembla, y finalmente se sienta en cuclillas, tratando de proteger de las patadas y puñetazos lo mejor que puede su cabeza con las manos. Esto no impide que siga recibiendo más. Recibe una violenta patada en el aire, patadas en los costados y en la cabeza. Una y otra vez cae por los golpes. Alguien le golpea con uno de los leños de la hoguera. Otro le empuja hasta que cae en el fuego. Queman la tienda. Roban o rompen sus cosas. John y su amigo quieren irse a casa, pero no les dejan. Siguen atacando a John con patadas y golpes. Finalmente le dejan tendido en el suelo, con la cara ensangrentada e hinchada.
Lo que ocurrió durante estas horribles horas no está claro. Los asesinos no recuerdan, o no quieren recordar muchas cosas durante los interrogatorios policiales. Se culpan unos a otros. A veces interrumpen la tortura. Insisten en que John se tome una cerveza, y le tratan más amistosamente.
Nada parece sin embargo detener cada nuevo estallido de violencia. No basta con que John, en contra de todas sus creencias, haya dicho que le gustan los nazis. Tiene que recibir un castigo mayor. Son como gatos jugando con un ratón, y disfrutan de su angustia y su miedo. Para ellos es emocionante tener totalmente bajo control a un chico asustado.
Finalmente, tras otra sesión de golpes, le tiran al lago.
John se aleja de ellos nadando. Está dominado por el pánico y aturdido, pero es un buen nadador. Pronto los skinheads descubren que no ha sido una buena idea tirarle al agua. Ya no pueden seguir pegándole. Le gritan y le ordenan que vuelva, pero él sigue en el lago durante al menos quince minutos. Entonces a uno de ellos se le ocurre que pueden obligar al amigo de John a que le grite que si no vuelve, ahora le pegarán a él.
Mientras John está en el lago, parece que los ánimos de los skinheads van decayendo. El chico de diecisiete años, y el otro de dieciocho, que no han actuado mucho durante el ataque, están contentos. Quieren llevarse con ellos al compañero de John, que les tiene miedo.
En este momento John toma una decisión fatídica: vuelve a la orilla. ¿Está preocupado por su amigo? ¿Cree que los skinheads están a punto de marcharse, o espera que no le peguen más?
Le duele todo y tiene miedo, y no puede entender la magnitud del odio que sienten sus torturadores. Sólo tiene catorce años. No comprende que sus dos principales torturadores han iniciado una competición grotesca que ninguno de los dos puede permitirse perder. La vida de John está en juego, y ahora mismo no vale nada. No podemos saber qué es lo que piensa al decidir nadar hacia la orilla, pero esta decisión tendrá horribles consecuencias para él.
El chico de quince años y uno de los de dieciocho le esperan. Son los dos que han sido los más activos durante la paliza, y tienen odio más que de sobra de reserva. La paliza empieza otra vez con más decisión y eficiencia, y ahora no hay escapatoria.
Un puño golpea la cara de John, cayendo éste al suelo. Cae de espaldas, se golpea la cabeza con una roca, y queda inconsciente. Lo arrastran a un sitio con hierba, porque los asesinos quieren que la sesión de patadas sea más comoda. Duras patadas golpean su cabeza, pero no puede protegerse. Está inconsciente.
Los ejecutores ven que se mueve pero no grita. Simplemente se queja de dolor y murmura cosas que no pueden entender. El juego del gato y el ratón ha terminado. Los asesinos están contentos, y empujan y arrastran a John hacia la orilla. Le tiran al agua. Justo antes de que caiga, le oyen murmurar otra cosa.
John no se da cuenta de que está en el agua. Ahogándose, se hunde. Los asesinos se quedan mirando, uno de ellos lía un cigarrillo. Nadie mueve un dedo aunque comprenden que John está muriendo.
La competición termina en tablas. Nadie gana ni pierde. Los asesinos abandonan la horrible escena y van donde los otros. Uno de ellos dice que John se hundió como una piedra cuando le tiraron al agua por segunda vez. Los skinheads se van a casa a dormir.
El amigo de John echa a correr, va
a casa y le cuenta a su familia lo que ha ocurrido. Sólo unas horas
después de que la madre de John llevara a los chicos allí,
John yace en el fondo del lago, golpeado hasta quedar irreconocible.
Se atormentó y torturó a un chico de catorce años, y sus torturadores ni siquiera pueden explicar por qué. No hubo límites en la brutalidad que emplearon mientras se animaban unos a otros, compitiendo en una loca carrera hacia más y más brutalidad. Le golpearon por todas partes, en la espalda, los costados, las piernas, pero sobre todo en el cuello y la cabeza.
Cuando le arrojaron al agua por primera vez, poniendo fin temporalmente al ataque, no se dieron cuenta a la primera de que le habían dejado huir voluntariamente. Entonces le ordenaron que volviera para recibir más. Durante horas dieron rienda suelta a una insensata ira y un sadismo sin límites, pero aún estaban a tiempo de parar. Pero nada parece indicar que pensaran ni un segundo en la posibilidad de poner fin a la tortura. Usaron al amigo de John como rehén y explotaron el sentido de la justicia de John para evitar que tratara de salvar su vida. Ni los animales más salvajes se comportan como lo hicieron los asesinos de John.
¿Qué más querían de John? Querían su vida. Es lo único que le quedaba, pero también se la entregó. Volvió voluntariamente con sus ejecutores para exponerse a más torturas. ¿Se echaron atrás ante su coraje? ¿Se sintieron avergonzados? En absoluto. Emplearon aún más brutalidad en el ataque, retándose para ver quién le pegaba más fuerte.
¿Se quedaron satisfechos al fin cuando tuvieron a sus pies un cuerpo roto, atormentado e inconsciente, algo que recordaba sólo lejanamente a un ser humano, que ni siquiera podía expresar dolor cuando le pateaban? Ni esto fue suficiente. Arrastraron hasta el agua a un chico de catorce años inconsciente y le ahogaron.
Si aún no habían sido capaces de entender lo fuerte que había sido su paliza, aún quedaba una pequeña oportunidad de que lo consiguieran. Cuando vieron que John no salió del agua cuando le tiraron, podrían haber saltado y haberle sacado. Durante un breve momento, antes de que todo estuviera perdido, tuvieron la oportunidad de ver que habían ido demasiado lejos y que podían impedir que el chico se ahogara.
No hicieron nada.
Nerviosos, temiendo parecer débiles ante el otro, se quedaron mirando. Liaron un cigarrillo y se fueron, dejando que un chico de catorce años que no les había hecho nada se hundiera como una piedra y muriera.
Un chico con toda la vida por delante fue a un lago a acampar. Unas pocas horas después todo se había convertido en una pesadilla. Le asaltaron, torturaron y asesinaron con un loco estallido de violencia. Esta crueldad y sadismo sin límites, esta total falta de humanidad, es algo que rara vez han demostrado ser cualidades de un adolescente.
John está muerto, se ha ido para siempre, pero su muerte no debe quedar olvidada sin importancia ninguna. Todos tenemos una responsabilidad hacia la sociedad en la que vivimos. No podemos hacer lo que hicieron los asesinos de John, darnos la vuelta ante la horrible y dolorosa muerte de un chico e irnos. La sociedad en la que vivimos y su forma de ser es parte de nuestras responsabilidades.
Muchos de nosotros queremos vivir en un país en el que dos chicos puedan ir tranquilamente a vivir una aventura en verano y acampar junto a un lago. Si ésta es la sociedad que queremos, debemos estar preparados para ser valientes como John. Debemos demostrar que defendemos los derechos a la vida y la libertad de todos los seres humanos.
Debemos recordar a John Hron, un chico que se negó a huir y que por ello perdió la vida.