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Juicio a los Principales Criminales de Guerra Alemanes

En Nuremberg, Alemania
2 de febrero a 13 de febrero de 1946

Quincuagésimo Tercer Día: Jueves, 7 de febrero de 1946
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Sr. MOUNIER: Sr. Presidente, Señorías, antes de que terminara la sesión de ayer, había comenzado a explicarles muy brevemente la relación que según nosotros existe entre dos de los temas principales de la Acusación, la acusación de conspiración presentada contra ciertos grupos indicados en la Acusación y que enumeré ayer, por un lado; y por otro lado, los diversos actos que nos permiten llegar a nuestras conclusiones sobre el carácter criminal de la actividad de los conspiradores nacionalsocialistas.

Les dije para comenzar que lo que nos parece que está al fondo de esta actividad criminal es el profundo misterio, el absoluto misterio que rodeaba a sus reuniones, tanto oficiales como oficiosas, un hecho corroborado por declaraciones de algunos de los acusados en sus interrogatorios, en los que con frecuencia se veía que órdenes procedentes de altos cargos eran suprimidas en parte o totalmente para no dejar ningún rastro.

Consideramos también que una prueba de la colaboración fraudulenta existente entre los conspiradores es el carácter criminal de las decisiones tomadas en estos consejos secretos destinados a la conquista de países vecinos a través de guerras de agresión.

Finalmente, una prueba de esta colaboración fraudulenta es en nuestra opinión la forma en la que se llevaron a cabo estos planes criminales, empleando toda clase de medios, condenados tanto por la ética internacional como por los textos legales. Por ejemplo: en esferas internacionales y diplomáticas, los complots más cínicos, el uso en países extranjeros de lo que se conoce como la "Quinta Columna", camuflaje financiero, ejercicio de presiones impropias apoyadas por demostraciones de violencia, y finalmente, cuando estos métodos dejaban de ser efectivos, la guerra de agresión.

En cuanto a esos individuos que regularmente y por voluntad propia tomaron parte en reuniones de grupos y organizaciones como las denunciadas en la Acusación, su pertenencia voluntaria a estos grupos, o el papel activo y deliberado que ejercieron en sus actividades, bastan para demostrar que tenían toda la intención de cooperar activamente con estos grupos de una manera que no admite dudas. En vista de los objetivos perseguidos y los medios utilizados, esta intención sólo podía ser criminal.

En opinión de la acusación, dedicada a buscar los elementos que constituyen el crimen, parecería que esto basta para demostrar lo que denominamos el consilium fraudis y que nos permitiría verificar la relación causal entre este deseo de hacer el mal, por un lado, y el hecho criminal por el otro, haciendo posible el reafirmar el carácter criminal del acuerdo entre los conspiradores, y por tanto, el carácter criminal de sus actos individuales.

¿Podía el Administrador del Plan de Cuatro Años cuando ordenó al Plenipotenciario de Mano de Obra reclutar 1,000.000 de trabajadores extranjeros para el Reich olvidar que este acto era contrario a las convenciones internacionales, y dejar a un lado las consecuencias trágicas que la ejecución de esta acción asesina supondría, y que realmente supuso, para estas personas y sus familias?

¿Podía el Ministro de Armamentos, que creó, de acuerdo o por orden del Jefe de la Fuerza Aérea, fábricas subterráneas de aviones en los campos de internamiento, podía, digo, no ser consciente de que usar prisioneros que ya estaban agotados en esas condiciones era equivalente a causarles una muerte prematura?

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¿Podía el diplomático que con diversos pretextos trató instrumentos diplomáticos diseñados para garantizar la estabilidad y la paz del mundo como simples trozos de papel, podía olvidar el hecho de que estos actos empujarían al mundo civilizado a la catástrofe?

El que su conciencia se viera en ese momento preocupada por el sentimiento más o menos oscuro de que estaban infringiendo las leyes divinas y humanas es una cuestión que no es necesario plantear en el plano jurídico en el que estarán ustedes trabajando. Pero incluso asumiendo que debiéramos considerar nuestro deber moral hacernos esta pregunta a nosotros mismos en el plan psicológico, tendríamos entonces que recordar dos conceptos esenciales: el primero es que los alemanes, como dijo un escritor francés, a veces combinan dentro de sí la identidad de contrarios. Por tanto, es posible que en ciertos casos hicieran el mal conscientemente mientras estaban convencidos de que el acto era irreprochable desde el punto de vista moral. El segundo concepto es que según la ley de la ética nacionalsocialista a veces expresada por algunos líderes nacionalsocialistas, es bueno todo aquello que promueva los intereses del Partido; lo que no promueva esos intereses es malo.

Y aún así, nuestra impresión personal en ocasión del magistral discurso del Sr. François de Menthon fue que algunas de sus palabras, con su carácter de profunda humanidad, han agitado algunas conciencias. Incluso hoy, después de acumular tantas pruebas, nos podemos preguntar si los acusados admiten su responsabilidad como jefes, como hombres, como representantes de las organizaciones incriminadas. Esta voluntad quizás se revelará durante el proceso.

Sr. Presidente, Señorías, con el permiso del Tribunal comenzaremos ahora por el caso del acusado Alfred Rosenberg.

Caballeros, el joven estudiante francés que en 1910 tuvo el placer de pasar sus vacaciones en Baviera, entonces una de las provincias alemanas más felices, difícilmente habría sospechado que treinta y cinco años después sería llamado a aplicar la Ley Internacional contra los amos de ese país. Cuando tras pararse en la Bratwurstgloeckle, subió a las murallas para ver la puesta del sol desde las alturas del Burg, mientras los versos de una balada de Uhland resonaban en su memoria, no pensaba que malignos señores y falsos profetas desatarían dos veces en un cuarto de siglo una tempestad sobre Europa y el resto del mundo, y que a través de ellos tantos tesoros de arte y belleza serían destruidos, tantas vidas humanas sacrificadas, tanto sufrimiento provocado.

Y es que cuando se estudia la génesis de este drama inaudito, no puede plantearse ningún romanticismo. Lo que tenemos que tratar es más bien un romanticismo pervertido, una mórbida perversión del sentido de grandeza, y la mente queda desconcertada con el verdadero significado de las ideas del nacionalsocialismo, ideas que mencionaré sólo de pasada para demostrar cómo llevaron al acusado Rosenberg, ya que estoy hablando de él, y a sus compañeros acusados, a cometer los crímenes de los que se les acusan.

Para comenzar, el concepto de Raza que vemos surgir en un país que en otros aspectos se parece a cualquier otro, pero donde la mezcla de tipos étnicos de todos los orígenes tuvo lugar a través de los siglos a una escala gigantesca; esta confusión anticientífica que mezcla las características fisiológicas del hombre con el concepto de naciones; este neopaganismo que tiene como objetivo abolir el código moral, la justicia y la caridad que veinte siglos de cristianismo han traído al mundo; este mito de la sangre que trata de justificar la discriminación racial y sus consecuencias: esclavización, masacre, saqueo, y la mutilación de seres vivos.

No trataré, Sr. Presidente, algo que consideramos que es una mezcolanza de absurdos que dicen ser filosofía, y en la que se pueden encontrar fragmentos de lo más heterogéneo de todas clases tomados de todo tipo de fuentes, desde los megalómanos conceptos de Mussolini, las leyendas hindúes y los samurais de Japón, la cuna del fascismo, que barrió el mundo entero como una ola. Las presentaciones

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anteriores ya han tratado adecuadamente estos conceptos. Tan sólo destacaré hoy que estos conceptos pseudofilosóficos tendieron solamente a hacer a la Humanidad retroceder miles de años reviviendo el concepto del clan, que asume la ley del más fuerte como la ley suprema, el "Faustrecht" ya formulado por el Canciller de Hierro, el derecho a engañar a otros, el derecho a quedarse con las propiedades de otros, el derecho a reducir al hombre a la esclavitud, el derecho a matar, el derecho a torturar.

Pero el homo sapiens se niega a volver al estado del homo lupus. La Ley Internacional no es una ética sin obligaciones ni sanciones. El Estatuto del 8 de agosto ha recordado y especificado la obligación; caballeros, les corresponde a ustedes aplicar la sanción.

Una de las consecuencias de estas teorías de la superioridad de la llamada "raza germánica" fue llevar a algunos de los conspiradores, sobre todo al acusado Rosenberg del que estamos hablando, a convertirse en saqueador. Y este aspecto de las actividades del acusado Rosenberg es lo que querría destacar muy brevemente, ya que afecta a Francia y los países ocupados occidentales, y ha tenido consecuencias profundamente dañinas en la herencia artística e intelectual y en la meramente utilitaria.

Quiero hablar de todas las medidas decretadas o aplicadas por Rosenberg con el objetivo de llevarse de Francia y los países occidentales tesoros culturales, obras de arte y propiedades pertenecientes a grupos de individuos, y de transferir a Alemania todas estas riquezas.

Caballeros, debido al tiempo limitado del que disponemos, me limitaré hoy a recordar cómo se hizo a ciertas organizaciones colaborar en este saqueo con órdenes de estamentos superiores. Indicaré primero de todo el papel ejercido por la Gestapo, a la que se le ordenó por medio de un decreto promulgado por el acusado Keitel del 5 de julio de 1940, documento 137-PS, y que fue presentado por la delegación americana como prueba USA 379 el 18 de diciembre de 1945, y que presento como prueba RF 1400.

Me referiré igualmente a una segunda orden del 30 de octubre de 1940 que reforzó y detalló las órdenes dadas con respecto al pillaje efectuado por lo que fue conocido como el "Einsatzstab Rosenberg". Es la prueba número RF 1304, citada por la Sección Económica de la acusación francesa.

Así, Keitel y Rosenberg volvieron al concepto de botín arrebatado por el triunfante pueblo alemán al pueblo judío, al que no se aplicaban las condiciones del Armisticio de Compiègne. Esta intervención del Jefe del Ejército, como indican las órdenes que acabo de mencionar, basta en mi opinión para demostrar el importante papel ejercido por el Ejército Alemán en este saqueo, y el Tribunal recordará eso cuando analice la culpabilidad del acusado Keitel y del acusado Goering.


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